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Para todos los ciudadanos de Antofagasta nos resulta bastante lógico y evidente a la luz de los diversos acontecimientos históricos y de una línea de tiempo elemental y simple, deducir que la ciudad de Antofagasta no comienza su heroica existencia de trabajo, constancia y progreso sostenido por más de 152 años de vida, un 14 de febrero de 1879 con el ejemplar desembarco de las tropas chilenas al mando del Coronel Emilio Sotomayor Baeza.

Si bien, con esta notable acción militar de objetivos claros, cautela y sobriedad en las acciones militares, el Coronel Sotomayor, transformarián este “despoblado de Atacama” en uno de los principales y más extensos territorios chilenos que le permitirán a nuestra nación, en ese tiempo, en el nuestro y en los tiempos por venir, la obtención de riquezas minerales sin límites y que marcaron nuestra historia hasta nuestros días y trazarán el futuro del país por muchos años más.

Los acontecimiento históricos de esta reivindicación territorial del Puerto de Antofagasta, comienzan a desarrollarse velozmente en las Capitales de Chile, Bolivia y Perú, protagonizados por sus cuerpos diplomáticos y respectivos gobiernos. En la ciudad de La Paz, el diplomático chileno Pedro Nolasco Videla ministro chileno encargado de negocios, al no recibir respuesta al ultimátum del 8 de febrero presentado por nuestro país, presenta su carta de retiro solicitando pasaportes para volver a Chile.

En Lima, Perú, el Presidente don Mariano Ignacio Prado, envía una carta con fecha 12 de febrero de 1879, a los gobiernos de Bolivia y Chile y Bolivia donde expone lo siguiente:

“Veo con profundo pesar que las relaciones de Chile y Bolivia van tomando un carácter cada vez más alarmante, y lo más sencillo es que, por cuestiones que, en rigor, no tienen gran importancia, dos naciones amigas y hermanas van tal vez a verse envueltas en un conflicto que comprometiendo sus más caros intereses, daría a la América el escándalo de una lucha fraticida.

Como gobierno, como americano y como amigo debo cumplir y cumplo, con la intención más pura, el sagrado deber de interponer cerca de Ud. Mis más eficaces oficios, a fin de buscar en más noble y patriótico terreno la pacífica solución de las cuestiones pendientes; solución que con sólo un poco de calma y buena voluntad podrá arribarse sin sacrificios ni violencias de ninguna especie…”

El día 11 de febrero de 1879, a primeras horas de la mañana, es conocido en Valparaíso por muy pocas autoridades chilenas, el decreto boliviano que declara la suspensión del impuesto, la recesión del contrato, el embargo y la puesta a remate de la compañía salitrera por parte del gobierno de Bolivia.

Rápidamente la noticia de las intenciones del gobierno boliviano, es transmitida a la capital y el presidente Aníbal Pinto Garmendia, minutos antes del mediodía, el Jefe de estado, cita y encabeza un consejo de gabinete en el Palacio de La Moneda para analizar lo grave de la situación, que a cada minuto parecía empeorar más y a la vez le dejaba menos cursos de acción al gobierno chileno.

Es en el transcurso de esa reunión cuando se recibe un telegrama con carácter de secreto dirigido al presidente Aníbal Pinto donde se anuncia y confirma que la intención del gobierno boliviano no buscaría rematar las compañías salitreras, sino que derechamente expropiarlas en favor del estado boliviano, violando por mucho el tratado de 1874.

Este telegrama es sin duda, la muestra definitiva y la certeza concluyente que el Presidente y el consejo de ministros necesitaba para fundamentar la convicción de que el tratado estaba siendo severamente vulnerado por parte del gobierno altiplánico. Es en este momento histórico, donde el Presidente Aníbal Pinto Garmendia, con el apoyo unánime de sus ministros ordena la ocupación de Antofagasta y dictamina que el blindado “Cochrane” y la corbeta “O’Higgins”, que estaban fondeados en Caldera, zarparan de inmediato hacia el puerto de Antofagasta.

Al día siguiente, el 12 de febrero de 1879 el Gobierno chileno enviaba una circular telegráfica a todos los intendentes del país informando la decisión tomada por el presidente y su consejo de ministros. Esta circular telegráfica de la mayor importancia y secreto, señala fielmente lo siguiente:

“Valparaíso, Febrero 12 de 1879.

12 horas con 20 minutos P. M.

El Gobierno de Bolivia, desentendiéndose de nuestras reclamaciones, ha declarado la expropiación de nuestros nacionales, apoderándose de las salitreras sin dar esplicacion alguna. El Gobierno de Chile ha retirado a nuestro Ministro i las tropas de la república están ya en marcha para ocupar a Antofagasta i demás puntos que convenga.

Belisario Prats.

Ministro del Interior.”

A su vez el mismo día 12 de febrero de 1879, en una coordinación admirable, el cónsul de Chile en Antofagasta, Nicanor Zenteno, en forma secreta y con gran cautela a través de marinos chilenos, recibe en forma reservada, una carta anunciando la ocupación de Antofagasta, el texto señalaba lo siguiente:

“En pocas horas más el litoral que nos pertenecía antes de 1866, será ocupado por fuerzas de mar i tierra de la república y V.S. asumirá el cargo de Gobernador Político i Civil de ese territorio. En el desempeño de estas delicadas funciones recomiendo a V.S., que no omita diligencia para que las personas e intereses de todos los habitantes de ese litoral sean respetados i garantidos, como sucede bajo el imperio de nuestras leyes, a fin de evitar reclamaciones de cualquier género que sean i, hacer, en cuanto sea posible, simpática nuestra administración aún a los mismos bolivianos allí residentes.

Dios guarde a usted.

Alejandro Fierro, Ministro de Relaciones Exteriores de Chile.”

Desde el 26 de diciembre de 1878 permanecía en paciente y expectante vigilia, a la cuadra de Antofagasta en la bahía de San Jorge, el buque chileno “Blanco Encalada”. En la mañana, específicamente a las 07:00 horas del 14 de febrero, ingresaron al puerto de Antofagasta los buques “Cochrane” y “O’Higgins” que son saludados con salvas de artillería por el “Blanco”. Cuando las fuerzas expedicionarias compuestas por 300 hombres del batallón de infantería denominado Artillería de Marina, por suministrar guarnición a los buques y una compañía del regimiento de artillería al mando del acreditado oficial Don Exequiel Fuentes, como nos da cuenta Don Benjamín Vicuña Mackenna, desembarca en la ciudad, en medio de una algarabía popular generalizada.

Antofagasta ya llevaba trece años de existencia, desde que un 22 de octubre de 1868 una comisión oficial del gobierno Boliviano llegada desde Cobija fijará el sitio y trazara su primer plano y después que, de dos años antes, en 1866 y producto de un complejo y heroico poblamiento que iniciara don Juan López Alfaro, en compañía de su Señora Doña Carmen Zabala y toda su familia llegada del sur y dispuesta a construir y vivir en un hogar de tablas, latas y lonas. Levantarían lo que termina convirtiéndose en las bases y raíces de una gran ciudad que a los pocos años, siete a lo sumo, tendría muelles, pulperías, municipalidad, colegio, dos compañías de bomberos, la 1° “Bomba Antofagasta” de Hachas Ganchos y Escaleras y la 2° “Bomba Salvadores y Guardias de Propiedad”, teatro, hospital, cementerio, locales de esparcimiento, cocinerías, establos, y un solar llamado plaza, que daban el marco y escenario para una febril y pujante presencia minera, comercial y marítima que atraía a sus desérticas costas a miles y miles de chilenos y ciudadanos de distintas nacionalidades en buscas de mejores y más justas oportunidades laborales. Junto a ellos también llegaron las más importantes organizaciones y sociedades comerciales con asiento en Chile y Europa, especialmente en Alemania y la Inglaterra Victoriana.

Para el historiador Benjamín Vicuña Mackenna, esa mañana del jueves 14 de febrero de 1879: “La ocupación militar de Antofagasta se trató de un espectáculo cívico en que los soldados servían de escolta al pueblo y éstos eran saludados con exclamaciones muy chilenas y pintorescas muestras de patriotismo”.

En otro párrafo de su histórica narrativa y que hoy nos sirve de base para recrear los históricos acontecimientos de esa notable mañana para los Antofagastinos, Don Benjamín Vicuña Mackenna nos cuenta:

“Entretanto la población entera, en su gran mayoría chilena había corrido a la playa o se había situado en las azoteas de aquella ciudad hecha de tablas y cañas que parecía de lejos un vistoso escenario. La bandera chilena comenzaba a flotar como por encanto encima de los edificios y en todas las direcciones corrían animados grupos que a son de fiesta y de triunfo vitoreaban a su patria. Desde los botes de desembarco y a larga distancia oían los soldados los gritos de ¡Viva Chile! con que eran acogidos por sus compatriotas aun antes de pisar el suelo que iban a redimir”.

El historiador Don José Antonio Bisama Cuevas, en sus cuadernos de 1906, sobre la Guerra del Pacifico, nos cuenta con detalles y una estimación numérica muy importante de la cantidad de habitantes para hacernos una idea del tamaño de la ciudad y de los acontecimientos ocurridos en el desembarco de las tropas chilenas esa mañana de febrero:

“Doce mil almas, agrupadas en calles y plazas y abrazando banderas chilenas, se entregaban a todos los desbordes de un entusiasmo incontenible. Hombres, mujeres y niños, cantando en inmenso coro, los himnos sentidos de la patria, interrumpidos por estruendosos vivas a Chile, hacían estremecer de júbilo los corazones y al pueblo todo, que engalanado hasta en su última choza con los colores de la tricolor bandera, sentíanse feliz al amparo de los derechos constitucionales de la república.”

Esa mañana el coronel Sotomayor a primera hora envió a tierra en calidad de parlamentario a su ayudante de órdenes el Capitán de Artillería de Marina Don José Manuel Borgoño con un pliego dirigido al prefecto boliviano Don Severino Zapata, que de acuerdo a Vicuña Mackenna “no fue prontamente contestado” y que a la verdad de los hechos y acontecimientos que comenzaron a ocurrir en el puerto “no necesitaba especial respuesta”, el capitán Borgoño regresa al Cochrane a las 8:40 comenzando el desembarco.

Antofagasta, febrero 14 de 1879

Señor Prefecto:

Considerando el Gobierno de Chile, roto por parte de Bolivia el Tratado de 1874, me ordena tomar posesión con las fuerzas de mi mando del territorio comprendido en el grado 23. A fin de evitar todo accidente desgraciado espero que usted tomará todas las medidas necesarias para que nuestra posesión sea pacífica, contando usted con todas las garantías necesarias como asimismo sus connacionales. Dios guarde a usted.

Emilio Sotomayor, comandante de las Fuerzas Expedicionarias de Chile”

Con las todas las tropas chilenas descendidas ya en tierra y ejerciendo plena soberanía nacional, incluso ya desembarcado el coronel Sotomayor recibió la respuesta del prefecto Severino Zapata, que decía:

“Mandado por mi gobierno a ocupar la Prefectura de este departamento solo podré salir a la fuerza. Puede usted emplear ésta, que encontrará ciudadanos bolivianos desarmados, pero dispuestos al sacrificio y al martirio. No hay fuerzas con que contrarrestar a tres buques blindados de Chile, pero no abandonaremos este puerto sino cuando se consume la invasión armada. Desde ahora y para cuando haya motivo, protesto a nombre de Bolivia y mi gobierno contra el incalificable atentado que se realiza. Dios guarde a usted.

Severino Zapata, Prefecto

Pero muy por el contrario a lo que Don Severino Zapata pudo haber temido las primeras horas del desembarco y producto de la gran agitación y entusiasmo que se vivía por parte de la “rotada Chilena”, esta exaltación fue rápidamente controlada por las tropas chilenas y sus oficiales, como lo acreditan las mismas publicaciones boliviana, los desórdenes y acciones hostiles fueron puntuales y quedaron consignados en la prensa boliviana de la siguiente manera: “más de tres mil rotos de poncho, encabezados por otros de levita, se amotinaron y, entre la algazara más espantosa se dirigieron a la Prefectura. Allí arrancaron el escudo boliviano y lo rompieron para izar después el pabellón chileno y tomaron el cuartel”.

Algunos historiadores y estudiosos bolivianos llaman esta ocupación cautelosa y escrupulosa porque dejaba a Bolivia aún los puertos de Cobija y Tocopilla y toda una franja de territorio hasta Perú.

Finalmente, el Coronel Emilio Sotomayor, es tan prudente que no solo ordena proteger a algunos oficiales y tropa de la guarnición boliviana que se habían ganado justificadamente la enemistad de la población por sus cuestionados, arbitrarios y reñidos actos con la justicia y el correcto proceso en contra de Chilenos, sino que además envía una nueva carta al prefecto Boliviano que se resguardaba en el edificio de la Prefectura con sus tropas, diciéndole:

«Antofagasta, Febrero 14 de 1879.

Acabo de recibir su nota de hoy, i en contestación a ella creo es el caso de hacerle presente que, para evitar toda efusión de sangre, se sirva ordenar se haga entrega de las armas i tropa de su dependencia al Comandante don José Ramón Vidaurre.

Respecto a las garantías a que he hecho referencia en mi nota anterior, puede tomar pasaje en el vapor del Sur que pasa para el Norte el 16, poniéndose de acuerdo con el que suscribe antes de verificarlo, por si así creyere conveniente.

Dios guarde a usted.

Emilio Sotomayor.»

Severino Zapata finalmente inicia viaje a Cobija.

Después de anexar la ciudad de Antofagasta, el coronel Emilio Sotomayor Baeza, ordenó velozmente a un destacamento dirigirse al interior de la provincia y ocupar el Salar del Carmen y la quebrada de Caracoles.

Rápidamente todos los ciudadanos bolivianos y sus autoridades entendieron con gran pesar que las tropas chilenas se disponían y aprontaban para invadir el resto del Departamento del Litoral. En una medida desesperada y con algo de improvisación la pequeña cantidad de guardias del orden que cumplían funciones en el Puerto de Cobija y Tocopilla partieron rápidamente a la ciudad de Calama, donde el 23 de marzo 1879, se desarrollará el primer enfrentamiento armado de la Guerra del Pacifico.

Los destacamentos militares chilenos llegaron y controlaron en pocas horas, el puerto de Cobija y Tocopilla. El subprefecto boliviano Manuel Abasto, de Tocopilla, relata con un dejo de congoja y buscado cierta justificación a los acontecimiento y a la historia lo siguiente: “no puedo oponer resistencia alguna contra cuatro vapores, dos de ellos blindados, y me limito a protestar enérgicamente, arriando el pabellón boliviano i ninguno de los funcionarios públicos está dispuesto a continuar en su puesto bajo la tutela chilena”

Ricardo Rabanal Bustos

Magíster en Educación

Profesor de Historia y Geografía

Profesor Orientador, Historiador y Cronista Regional.

Acerca del Autor

@E2Elgueta

Periodista Senior // Licenciado en Ciencias de la Comunicación // Reportero // Creador de Contenidos